Se despertó con la sombra de un sueño nublándole la cabeza. En ella había un hombre junto a un gran charco escarlata. Tenía la vaga sensación de escuchar su respiración agitada y sus pasos chapoteando sobre el agua. Era un sueño inquietante, porque el hombre era un desconocido al que ni siquiera le había visto bien la cara.


Pero también era un recuerdo agradable. De olor a vainilla y de sabor a sal. La sombra adormecida del sueño era cálida y luminosa. Había dejado un rastro de caricias en su almohada, que se escapaban de la memoria atadas a la cola de una gran cometa.