A los que nos da por escribir, también nos acaba afectando cierto narcisismo. Es vanidoso incluso reconocerlo, pero así es.

Hay días que podemos pasar horas leyendo y releyendo páginas escritas. Quitando una coma de aquí, arrastrando una palabra hacia allá o cambiando el orden de la oración, porque a diferencia de las matemáticas, en la literatura, el orden sí altera el producto.

Como en el mito de Narciso -aquel pastorcillo griego que acabó enamorado de su propio reflejo- a veces corremos el riesgo de admirar demasiado nuestra obra, con tanta relectura y repaso. Creo que son pequeñas trampas que nos tiende la literatura. ¡Es tan viva! Por hoy dejo el narcisismo, pero sólo hasta mañana. En cuanto me quite de encima la corrección pendiente, podré seguir con la pesca.

La imagen es de un libro ilustrado por Marisa Bendala.