Con la homeopatía no es conveniente tomar café, chocolate ni otros excitantes... No es conveniente, pero tampoco es perjudicial. Así que esta mañana, me he tomado mi café –schhh... que no se entere mi homeópata- y esta tarde no he podido esquivar ese bizcocho de chocolate que me esperaba -en realidad, me estaba llamando a gritos- al lado del bote de cereales, que esta vez he cambiado por el café. Pero los sucedáneos son los sucedáneos, ya se sabe. Remplazan a otros productos por tener propiedades similares. Pero no es lo mismo. Ese café con leche fría tan rico...mmm... ¡otro día será! -esa es nuestra suerte: ¡poder elegir!

Lo de la homeopatía “viene a cuento” de un golpe de aire que he agarrado este fin de semana. He empezado a tomar glóbulos, pero no me han quitado el globo que tengo por cabeza. Mi mejor maestra, la Intuición, se ha ido de vacaciones. ¡Si es que estamos a mediados de julio! Así que he tirado de la maestra de la Planificación y me he puesto a trabajar en un encargo –un opúsculo sobre la violencia y la resolución pacífica de los conflictos. Llevo menos de una hora trabajando y ya me tomo la licencia de “tomar el sol”. ¡Soy de carne débil!

Para enmendar mi flaqueza voy a pescar un poco, me digo. Y he tirado la caña:

Comerse el segundo bizcocho fue un error. Ella estaba a punto de llegar y descubriría los restos de chocolate en su camisa. La mancha era la prueba del delito. Escondió el envoltorio de plástico en la cesta del gato y salió huyendo de la cocina. Podía quitársela con un poco de agua y jabón, pero no tenía tiempo. La llave estaba a punto de entrar en la cerradura de la puerta. Era la hora. Sólo podía correr hacia el cuarto y desprenderse de la camisa. Con un poco de suerte hasta le daba tiempo de ponerse una camiseta limpia...

El ruido de las llaves lo pilló de camino a la habitación. Aceleró el paso mientras ella saludaba a las plantas del recibidor. Se sacó la camisa por la cabeza de un tirón y perdió un botón en el forcejeo. Ella estaba ahora en la cocina, saludando al gato. Le daba tiempo, pensó. Abrió el armario, sacó una camiseta, se la puso y guardó la camisa sucia en el fondo de un cajón. Cuando ella se despistara la metería en la lavadora con la ropa blanca.

Entró silbando en la cocina. Su madre le esperaba con cara de reprimenda y con el gato en la falda.

-Te dije que no comieras chocolate, hoy.

El niño miró al gato. El traidor todavía se relamía los bigotes.”