Ayer, mi primer día de vacaciones tuvo agradables sorpresas. Por la mañana respondí un intrigante mensaje de búsqueda -con olor a vainilla de mi infancia- que invita al reencuentro de antiguos compañeros... Luego recibí emocionada un sms con amor desde lejanas tierras orientales... Y además navegué un poco para confirmar que "Siempre nos quedará París"... Un rincón prometedor.

A mediodía comí con risas, intercambio de bocados apetitosos, sorteos de libros, juegos de palabras, sorpresas... Y por la noche cené con más risas, el lenguaje enigmático de un niño, miradas de complicidad, dibujos de peces sobre los manteles de papel... Es lo que tiene la amistad, que nos puede colmar de energía e inspiración.

Estos días previos a coger la mochila y cruzar el charco –con esta marea baja- he pensado en las postales de antes. Aquellas que enviábamos a las amistades y la familia desde nuestro lugar de veraneo (aunque fuera a escasos quilómetros de casa). Pero sobre todo las que recibíamos con un salto de alegría, porque nos traían noticias y abrazos de la gente que queremos. Ahora, al menos en mi país, la costumbre ha retrocedido por el uso de las nuevas tecnologías. ¡Aunque para nada despreciables!

Desde "Tres amigos" mi caña de pescar se ha quedado enredada entre las olas de los mensajes, los correos, las postales... Pensando en las largas distancias de los últimos veranos, el nuevo vuelo –a tan sólo tres días- y con la nostalgia de Ruanda, hace ahora justo un año... Me inunda una sensación de ausencia. Me dispongo a partir ligera de equipaje, que es como más cómoda se viaja.

Así que he dado un pequeño tirón a la caña y he pescado.

<<De cada viaje le enviaba una postal en blanco. Únicamente un punto violeta y su firma, aquel garabato en forma de pez. Sin palabras, pero con la fe de los antiguos cristianos hostigados. Era un lenguaje cifrado que habían acordado años atrás, cuando soñaban con recorrer el mundo de la mano. El punto era Él, como en el código Morse. El color violeta la incluía a Ella. Los dos unidos en una partícula del universo.

Nunca llegaron a viajar juntos. Desviaron los caminos sin rencor y se lanzaron a navegar en diferentes direcciones. Al fin y al cabo, tenían una postal imaginaria, entre un montón de tesoros incalculables.

Un buen día, empezaron a llegar las imágenes. Gentes, ciudades, desiertos, glaciares, puestas de sol, estrellas de mar... un universo de color y penumbra en cada una de sus fotografías. Y las fue guardando, una tras otra, en una caja de zapatos inquietos.

Con el tiempo, las postales llegaban con menos frecuencia. Cada vez se movía menos. Se quedaba largas temporadas en el mismo lugar. La mayoría de veces, al abrigo del mar. El pescadito de la firma olía a comida casera. A una casa propia.

Las postales dejaron de llegar un verano, y luego otro, y otro más... Pensó con angustia en el olvido, pero fue mucho peor imaginar su ausencia. Así que agarró una maleta ligera y partió en su búsqueda hacia la costa, guiándose por el destino de su última postal.

Encontró la playa, las rocas, el puñado de casitas blancas encaramadas al mar... En la laguna verde, siguió el rastro de otra fotografía anterior. Pero nadie supo darle una dirección, ninguna pista o paradero. Así que regresó a casa.

Cuando por fin se atrevió a aceptar la despedida definitiva, le escribió una postal. No sabía donde enviársela, así que la arrojó al mar. Sin palabras. Un punto violeta y un garabato de pez. ¡Qué más se podía pedir! Su unión sería eterna.>>