La hija adoptiva de Yemanjá (I)

(Le tomo prestada esta imagen a la página web http://www.geocities.com/diosasdelacruzdelsur/yemanja.html
Hoy no puedo colgar una de mis fotos porque no estoy en mi ordenador habitual... ¡Mil gracias a la autora de la imagen que hermanó a la orisha afrobrasileña Yemanjá (o Yemayá) con la afrocubana Ochún!)
"Yemanjá" es la deidad de las aguas saladas. Su nombre significa "la madre de los peces". Así que la pesca de cuentos tiene que ser importante en su honor. Se merece, por lo menos, uno por cada criatura que protege en el mar. O uno por cada ola que se arremolina en sus faldas blancas... Esta podría ser la historia de la hija adoptiva de Yemanjá. Un cuento que me inspiraron los "delfines rosas" del río Araguaia. Son guardianes de uno de los más valiosos misterios: el de la creación y la vida.
En un lugar del estado de Mato Grosso, en Brasil, a orillas del río Araguaia, vive una familia de la tribu de los Karajá. Son una familia ejemplar -y no sólo porque apenas queden unas dos mil personas de su comunidad tribal por el mundo... La pequeña Ibru era la menor de cinco hijas. Tenía nombre de llanto porque su madre la parió en medio de gritos y sollozos. No es que fuera un mal parto. Es que su madre acababa de iniciar un ritual funerario cuando ella eligió llegar al mundo.
Su abuela había muerto en la madrugada y su madre fue la primera en llorarla. Lo hizo durante siete días seguidos, siguiendo el tradicional ritual a los muertos karajá: deshilando lamentos. Luego la fueron relevando el resto de parientes, desde los más próximos a los más lejanos, y más tarde, el resto de la comunidad. Entre todos la lloraron más de nueve meses sin interrupción, repartiendo solidariamente el dolor y los ratos de descanso, para honorar la memoria de la anciana.
Ibru llegó al mundo, pues, en medio de la catarsis de su madre. En el momento de dolor más álgido. Fue el llanto inicial que rompió la aurora y que llegó a los oídos del otro margen de la Ilha Bananal... Quizás por eso desde niña creció, a la vez, fuerte y sensible. Tenaz como las tradiciones inquebrantables, rebelde como la vida espiritual que se aferra a la tierra, caritativa como un grito de auxilio compartido, tierna como un lamento musical...
De su padre aprendió el arte de leer las aguas para navegar y pescar. Distinguía el movimiento de los peces que nadaban buscando las corrientes. Memorizaba los troncos y ramas que la época de sequía dejaba al descubierto en los lugares poco profundos y observaba los hábitos de todas las criaturas salvajes como una más, acostumbrada al mudar de las crecidas y bajadas del río. Vivía integrada plenamente con el entorno, desarrollando sentidos que otras personas jamás podrían llegar a imaginar. Podía ver con la espina dorsal. Escuchar con la piel. Leer con la mirada. Así era como sabía casi todo lo que necesitaba para moverse y subsistir en medio de la selva. Su hogar.
Su madre le había dado mucho más que la vida. Le había transmitido el llanto de respeto a los ancestros. Le había legado la lengua, los ritos, el culto y la habilidad de hilvanar semillas y cánticos espirituales. Le debía una herencia maravillosa de palabras, susurros y silencios.
Pero quisieron el destino y los dioses que Ibru se enamorara, apenas siendo una niña, de un extranjero que solamente estaba de paso...
Llegó un día de invierno a su aldea, con su máquina de congelar sonrisas, de la mano de un guía local que conocía a su padre. Tenía su permiso para invitar a los clientes amigables que paseaba por el río, porque siempre había alguien con ganas de comprar artesanía...
Y quiso el deseo que Ibru cruzara su mirada con la del hombre blanco, de ojos felinos y luz ambarina...
Continuará...



giverny dijo
Bellísima historia....espero que continue pronto, me has dejado (je je je, no te digo como)
Un abrazo:-)
6 Septiembre 2007 | 04:55 PM