Tengo un cuaderno nuevo con un demonio en la portada. Me lo han regalado hace poco, por leer un puñadito de cuentos y votar por el que más me ha gustado.Aunque no hacía falta, porque la lectura ya me había recompensado, agradezco el detalle –y la cena- por el tiempo invertido. Todavía no lo he estrenado. Estoy prolongando la emoción. Las libretas o los libros en blanco tienen un punto de erotismo. Hay que dilatar la espera…

Desde niña, cada vez que me regalaban un Diario en blanco para sustituir el anterior, sentía una excitación parecida a la de tomarle prestada (sin permiso) una novela de bolsillo a mi padre. Eran de aquellas de Bruguera, de terror y ciencia ficción –muchas con la prohibición explícita: sólo para mayores de 18. Mi padre se enfadaba cuando me pescaba con alguna. Recuerdo que me escondió “Guerra de cerebros” de Joseph Berna, sin que la hubiera acabado de leer, y tuve que esperar unos cuantos días hasta que pude registrar los armarios –¡al finalconseguí encontrarla! Aquellas primeras lecturas de bolsillo clandestinas eran apasionantes…

Durante una época, cada vez que tenía entre manos una libreta por estrenar, me entusiasmaba imaginando cómo podía llenarla de historias tan electrizantes como las de Joseph Berna, que eran aún más estimulantes que las de Jules Verne –siempre he sido perezosa para las lecturas “serias”. De mayor, primero quería ser como Enid Blyton -porque mis padres también se esforzaban para que leyera cosas de mi edad- luego quise ser como Agatha Christie, Emilly Brontë, Victoria Holt… y más adelante descubrí que quería poder llegar a escribir como Khaterine Mansfield, Cristina Peri Rossi, Ana Maria Matute, Carmen Martín Gaite, Carson McCullers... Cuando una se hace adulta comprende que hay novelistas y cuentistas irrepetibles.

El reto es tener una voz y un estilo propio. Personal. Que algún día alguien se acuerde de tu obra y la vincule a un apellido (Buendía), a un juego infantil (rayuela), a una complicidad poética (cartero y Neruda), a un ser fabuloso (la vieja sirena), a una predicción meteorológica (nubosidad variable)… Que una imagen literaria pueda quedar asociada eternamente a un atardecer, una mosca, un violinista, una escalera, un disparo, una alcahueta, un corazón solitario…

Ahora, cada vez que tengo un cuaderno en blanco sobre el escritorio, siento que me han ofrecido un reto maravilloso: cómo llenarlo. Quizás un cuento o la historia de un encuentro inesperado. Mejor el borrador de una carta íntima. ¿Y aquella punzante denuncia que pende de un hilo de voz…? Mañara será una sincronidad. Hoy, de momento, los datos cronológicos de una novela.

En la tapa del último libro virgen hay un nombre: Ambrose Bierce. Me sonaba pero no me decía nada –además de perezosa, soy desmemoriada. Acabo de descubrir que lo consideran heredero literario de Edgar Allan Poe o de Herman Melville –dos nombres que sí tengo asociados, el primero a un péndulo, el segundo a una ballena blanca. También aparece un título en la portada. “Le dictionnaire du diable”. Habrá que leerlo, me digo, puesto que creo en las señales. Y puesta a leer las pistas, he pensado que estrenaré el cuaderno con un relato de suspense. Quizás recurra a la pequeña caperucita…