Un día en el país de Nunca Jamás
El sábado me lo pasé repartiendo abrazos de Peter Pan, charlando hasta por los tobillos y ebria de risas, ¡¡porque el estómago no estaba para alambiques!! Además las endorfinas volaban como luciérnagas, iluminando la conversación. Así que hoy el dolor de cuello, los pañuelos usados sembrando el escritorio y la tos de perro me pasan factura. Ah!, pero hubo un sábado, 17 de noviembre. ¡Día grande donde los haya!
El investigador más simpático de Melilla me esperaba, poco después del mediodía, en la puerta del hotel y reconozco que fui una ingrata, porque cuando abracé su cuerpo de ropero sólo pude decirle: ¡qué mayor te has hecho! ¡Pareces un señor! Él en cambio, que sigue siendo todo un caballero, me dijo que estaba igual que hace 22 años.

¡Dios mío! Así fue. Algo pasó con el tiempo, que nos devolvió en un breve trayecto en coche, 22 años atrás. Y en cuanto recogimos a otras dos “campanillas”, los recuerdos llegaron cabalgando en forma de piezas de puzzle con todos los colores, formas y olores de nuestra infancia en la escuela.
Así pasamos la comida, en la antigua casa de colonias, recorriendo en nuestra memoria las habitaciones, las escaleras y los pasillos de aquel lugar inolvidable, destino de una de nuestras excursiones escolares más aventurera. Y luego mezclando los retratos de nuestra vida actual –hijos, padres, esposa, maridos…- con los postres de chocolate, disfrutando como chiquillos.
El sol se fue y cayeron los anunciados sables helados. Pero no había frío que pudiera detenernos. Recorrimos el pequeño bosque laberíntico –nuestra selva- contemplamos el estanque vacío –donde nadie tiró nunca monedas- y rodeamos la ermita, desde donde ahora se puede ver el pantano sediento.
Luego la campanilla de cabellos de oro nos dejó en el barrio -eso sí, con la promesa de vernos más tarde- y allí seguimos la ruta de los recuerdos, callejeando por el pueblo, que como nosotras retrocedía 22 años bajo la mirada sagaz de un niño. Hicimos fotos, por supuesto. Las justas: en la puerta de la escuela, en la entrada de la casa que una vez acogió a una familia melillense y en la iglesia, para compararlas con las de la comunión.
Las horas se resistían a congelarse, a pesar de las bajas temperaturas y de nuestros esfuerzos por ralentizar el tiempo. A las 21:30 de la noche, el teatro donde habíamos visto las primeras cintas de cine, de la mano del colegio -“En busca del fuego”, “El gran dictador” y “Carros de fuego”- nos recibió con la cara renovada. También nosotros llegábamos distintos. Pero al cruzar la puerta, por arte del polvo mágico de nuestras alas, todos retrocedíamos en el tiempo. Eso sí, teníamos una belleza especial ese día. No hay cremas, afeites, ni maquillajes, que puedan darle tanta luminosidad a un rostro.
Entonces tocaba cenar… ¿Pero quién cenó…? ¡No había tiempo! Los nervios sólo dejaban sitio para una mini croqueta. Estábamos de nuevo en el colegio, pintando con témpera –por enésima vez lo siento su majestad ;-) – haciendo exámenes, tirando piedras, representando obras de teatro, enviando papelitos con mensajes, jugando al balón, haciendo papiroflexia, marquetería y escayola, persiguiendo a las niñas, abofeteando a los niños atrevidos… –sí, vale, ¡y creando traumas!
Alguien, a mi lado, pidió un deseo. Si pudiera congelar el tiempo en este momento, un poco más... Si pudiera durar un poco más este sueño… El tiempo real se alargó en una taberna que podríamos haber cerrado sólo para nosotros. Los 16 formando una elipse. De nuevo, las endorfinas de la risa brillando entre el humo y flotando a nuestro alrededor. Los únicos que podían quejarse de algo eran los dueños del bar. Nadie necesitó más de una consumición y la mitad eran refrescos. Seguro que confabularon con las manecillas de nuestros relojes para que corrieran más veloces…
Sólo cuando tocó la hora de despedirse notamos el paso del tiempo. Las responsabilidades nos esperaban al día siguiente. Entonces, se repitieron los abrazos y el polvo, suavemente, empezó a desprenderse de nuestras alas. Tocaba regresar a casa y dejar la isla. En la calle, los garfios helados seguían rasgando el aire. Pero nosotros íbamos del brazo de un cálido recuerdo y con un nostálgico aleteo en la espalda.
Antes de acostarme, di las gracias por un día tan extraordinario, por la fortuna de haber tenido Infancia y por constatar que hay amistades eternas.





el hacker ak-47 dijo
Hola amiga marina. La fina lluvia de esta semana empapa el cristal de esta ventana y las primeras nieves han visitado las cumbres. El padrón municipaleto dice que vuelvo ha estar vivo (a mala gana he cedido) y la semana que viene me darán el pasaporte del paro, el primer examen de esta nueva infancia.
A estas alturas de la navegación no hace falta preguntarse por qué uno se muere. News by news. Ni tampoco por qué querer resucitar. Smile by smile.
He muerto y he resucitado. Con mis cenizas un árbol he plantado. Su fruto ha dado y desde hoy algo ha empezado, diría uno de tus tristes.
http://es.youtube.com/watch?v=h_QEnsG-Md8
Tommy had a watch, a good kind of watch
It wouldn't tell time if you asked it
Didn't have a face, just an ear and an eye
To see him with
Tommy stole candy from the cornerstore
And gave it to the mice he built a home for
By the side of the heater, next to his guitar
That he could neither play nor destroy
Tommy wrote a letter to the office of iniquity
Demanding a history of his actions
But the letter was returned just 2 days gone
There was no office of iniquity
Tommy couldn't see so well and he didn't have a radio
He'd talk to himself in different voices
Or sing to himself in a Russian dialect
Invented on a Sunday afternoon
Tommy stole a limp and he borrowed a demeanor
So he'd scare anybody who'd want to talk away
'Cause they frightened him so bad that he'd pee down his legs
As he tried, very hard, to find the words
Tommy wore the helmet of a frustrated miner
Digging for words as though gold
Standing in the mud in his dark gray fedora
Wearing his knee-patched dungarees
Tommy was alone when the fire started
High behind the wheel of a colt 45
With a clip full of ether and a bucket full of gas
And a belly full of turpentine
Tommy made sure there was no one in danger
By knocking on each door like a madman
Then he locked himself in and did the whirling dervish
Tipped the candle over on the floor
Tommy fell asleep before the firemen came
Which was good because they scared him anyway
All that they found were the mice inside the fridge
In a box, with some cheese
And a handwarmer, run on batteries
Tommy was a good man. Nobody Knew
Tommy was a good man. Nobody Knew
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Como una vez dijiste, aunque en otras palabras, el "escritor" necesita del ego para autocorregirse.
20 Noviembre 2007 | 11:48 AM