La fiebre del baloncesto
Me dice mi amiga Valérie que a ella y a Rafa les debo un cuento sobre baloncesto. Los dos comparten ciertas dosis de pasión por este deporte -entre otros- mientras que una servidora se conforma con redactar cuatro crónicas deportivas locales, a la semana, ¡y sin ir a ver un solo partido! Esto –entre otras cosas- es lo que tiene de fraudulento el periodismo.
El pasado 10 de noviembre, fui a Girona a ver un partido del Akasvayu contra el Real Madrid. Era mi primera vez. Fue mucho más agradable de lo que imaginaba. Y mucho menos agresivo, también. El único ruido lo metían los bombos de los aficionados -como acababa de empezar las clases de percusión reconozco que me sedujeron. En fin, cualquier parecido con la realidad es “viciada” coincidencia… Por toi, mon amie, la pêche!, aunque te aviso que sólo es la primera parte…
“Un día más, llegaron de los primeros. El padre se angustiaba siempre antes de ocupar la tribuna, aunque las entradas estuvieran numeradas. A pesar de la aprensión y de las prisas, Roberto sabía lo mucho que disfrutaba su padre cuando encontraba a alguien ocupando su sitio y podía plantarle el pase en las narices. Él siempre miraba para otro lado. Ese día disimuló una sonrisa al ver a su madre y a su hermana desfilando rezagadas entre las gradas. Era un gran encuentro y su padre se había empeñado en arrastrarlas al partido, con la excusa de llevarlas luego a cenar. La madre se frotó las manos sonriendo. Los acompañaba algunas veces. Decía que disfrutaba mucho con el espectáculo...
Su hermana, en cambio, parecía un reo resignado. Se había subido el jersey negro hasta la nariz y se ajustaba la gorra sobre las orejas. Sólo le faltaba el casco para parecer un antidisturbios. La rabia la llevaba puesta.
Roberto le cedió su lugar a la madre y se sentó junto a la rebelde adolescente.
-Ya verás como después de todo no es tan malo.
-¿Quién, Papá…? No, si ya lo sé, pero no esperará que dé saltos.
-Me refería al partido.
-Ah… Uf! Eso sí que está por ver.
Los jugadores calentaban en la pista. Bailaban de un lado a otro, hacían estiramientos y algunos incluso firmaban autógrafos de los fans que se acercaban a las vallas.
Su madre ya había descubierto a Lázaro Papadopoulos, su favorito, y seguro que estaba fantaseando con quitarle el “salto de cama”, como ella llamaba al vestuario deportivo.
-Lucía, fíjate en ese morenazo de la coleta, hija. Al menos te alegrará la vista.
-Mamá, a mi no se me soborna con un trozo de carne.
-La que no se conforma es porque no quiere.
Su madre no tenía mal gusto. Lázaro Papadopoulos estaba impresionante, pensó Lucía, pero se guardó bien de confesarlo. La verdad es que todos parecían muy grandes, incluso desde allí arriba. Y algunos más torpes de lo que había imaginado, como si se movieran dentro de un pesado abrigo de invierno. Tanto cuerpo era una carga. Los más pequeños sí eran ágiles y saltaban por la pista como liebres. Fueron los que atrajeron más su atención cuando empezó el partido.
Le costó muy poco disfrutar del juego y no pudo evitar admirar la velocidad de movimientos de la mayoría de jugadores. También el silbato del árbitro era rápido. Ella no entendía nada, pero sabía cuándo la falta era contraria al equipo local por el ruido de los bombos, los abucheos y los ensordecedores bocinazos. Sin abandonar su disimulada pose de hastío y asfixiándose debajo del gorro de lana y el cuello alto, entornaba los ojos y se abrazaba las costillas como si estuviera a punto de echar un sueño. Le daba pena por su hermano, que de reojo le diagnosticaba una cura para el orgullo, especialmente cuando actuaban las animadoras y ella renegaba con la boca enfundada, mostrándose injusta con la sincronizada coreografía.
En el descanso, Lucía se levantó con desgana para ir al lavabo, en cuanto su padre y su hermano se escurrieron para alquitranar sus pulmones en la calle. Se estaba friendo de calor y quería quitarse la camiseta interior. Con el bolso colgado en bandolera se alejó de su madre, que por suerte no sufría de incontinencia.
En los servicios de mujeres regalaban pócimas milagrosas. Además hacía bastante menos calor. Cuando le tocó el turno se encerró en el habitáculo y se prometió no salir hasta que la temperatura de su cuerpo fuera inferior a 36 grados. Estaba segura de que tenía fiebre. Se quitó la gorra, el jersey, la camiseta y hasta estuvo tentada a desprenderse del sujetador. Si su madre la viera, aseguraría que Papadopoulos había causado estragos en su “nena”. Se sentó en la tapa del wáter y cerró los ojos."
Continuará… (¡Os lo advertí!)



giverny dijo
Ojala que todas las advertencias fueran como la tuya. En la prehistoria:-) tuve un novio que jugaba al baloncesto y me aficioné, es de los deportes que "aguanto":-) bien.
Petonets!
28 Noviembre 2007 | 08:18 PM