Me repito. Lo sé. Los números no son importantes (lo sé) pero fueron más de ciento cincuenta ofrendas de amor –vuestras miradas sonrientes- y casi cien libros vendidos durante la presentación. Las dedicatorias me salieron espontáneas y sinceras. Os lo aseguro. Han sido las primeras criaturas literarias que vuelan de mis manos a las manos de otros. Actos sinceros de ilusión y confianza. Más de cien abrazos de coraje. Muchos más. Besos de felicitación y de amapolas. Toda la energía naranja se convirtió ayer en una fuente inagotable de agradecimiento. No sé como dar las gracias. Mil gracias.

Primero a mis ayudantes de montaje. A las personas que se ofrecieron y finalmente no necesité también. Sé que estaban ahí. Pendientes de una llamada o un mensaje. Después a Francina y Pep, por su generosa presentación. Sé que Francina está de acuerdo conmigo cuando escribo que Pep estuvo brillante. Al principio pálido, vale, pero luego envalentonado y metiéndose a todo el mundo en el bolsillo -mi madre te adora, company! A mí me hiciste el mejor regalo que podías darme: hablar de mi necesidad de mares de emociones literarias, de esa urgencia por escribir y compartir, de la necesidad de conservar esos “achiperres” del desván de la infancia. Pero, sobre todo, hablar de El abrazo náufrago como si no me conocieras, igual como analizarías una novela de otra persona, no de tu amiga Mireia. Pudiste distanciarte y leerme desde fuera. Me observaste con los ojos de un crítico, aunque quizás te faltó arrojo para remarcar mis faltas en el juicio público (como tú le llamaste). Fuiste un defensor acérrimo de mi causa. Pero te quiero igual. Muchísimas gracias.

Sin embargo no puedo agradecerte del mismo modo los nervios que me provocó tu alegato final. Suerte que soy mujer de recursos, engañé a las lágrimas mirando al techo cuando me cediste la palabra y saqué una sonrisa para explicar como había sido mi esperado encuentro con el repartidor de sueños. Mi ángel de la guarda: el señor Rafael. El abuelo de Makinavaja, como dice Esmeralda -anda rubia, que a ti te quiso llevar a la playa! Su llegada con los libros casi nos invita a lanzar fuegos artificiales. Todo el Edificio de Entidades en pleno descargamos cajas. ¡No había tenido nunca tanta ayuda!- nos confesó. Y luego mi abrazo por detrás, que lo pilló desprevenido y por poco no le da un soponcio. Usted es mi ángel de la guarda –le dije. Pero es que luego, como bien sabéis, yo fui el suyo... No había pasado ni media hora y apareció de nuevo en la radio. ¡Dios mío!, pensé, este hombre se ha equivocado de reparto. Efectivamente, pero no conmigo. Había tomado la ruta contraria a su destino (Barcelona) y se había quedado sin gasolina haciendo quilómetros. Le traigo una lata ahora mismo, me ofrecí. Pero calla, tonta, si el hombre sólo necesitaba dinero para repostar. ¡Que iba sin blanca! Se lo di, por supuesto, pero no pude dejarle marchar sin preguntarle su nombre: me querían poner Santo, bromeó, pero en casa no teníamos caballo y me quedé sólo con Rafael. Todavía les estoy dando vueltas a la frase. Creo que en realidad se quedó sin llamarse San Rafael...

Yo me moría de los nervios, pero conseguí haceros reír con la anécdota. Sobre la mesa se quedaba mi guión, como siempre inútil. No tengo remedio. También lo sé. Menos mal que me acordé de leer a Carmen Martín Gaite, mi mentora –aunque ella jamás lo supo.

Al final del acto, en la sala, los figurantes se movían rápido sirviendo cava, chocolatinas Petras, galletitas de soja con pipas… Y mis baulas vendiendo libros, ¡con esa alegría y salsa que las caracteriza!¡No pude ni daros las gracias!

No me moví de la mesa. Suerte que tenía buena visibilidad desde arriba del escenario. ¡Me está pasando a mí! ¡Esta cola de público con avidez de lectura y dedicatoria personal es para mí! Jamás me habían hecho honor tan grande. ¿Cómo voy a poder agradeceros tanta demostración de afecto?

La nota de humor la puso mi estimado Josep Maria, mi guía espiritual favorito. Llegó a las nueve y media echándose las manos a la cabeza, como siempre. Se había equivocado de hora. ¡Se libró de la cola! Jajaja

En fin que no sé como agradeceros tantos regalos en tan poco tiempo. La magia no me ha abandonado hoy, os lo prometo. Si no fuera porque he visto este mediodía a mi sobrino con fiebre, y me ha roto el corazón su carita de ángel derrotado y somnoliento, os juro que pensaría que todo esto no ha sido más que un sueño.