Mar de olas navideñas
Cuando vas deprisa te pierdes besos. El día de Nochebuena, por ejemplo, un peatón me brindó uno con la punta de los dedos, sincero como una declaración de amor. Yo le regalé una sonrisa. Ahí mismo podría nacer (o morir) una historia, me dije. El hombre, que vestía un mono de trabajo, debía llevar un rato esperando que alguien respetase el paso de cebra. Ese día, por suerte, no iba apresurada y pude verle allí parado. Me gané un beso de novela –de ficción Rafa, sí, ¡pero ficción de la buena! jeje
Por la noche, como marca la tradición celebramos el Silencio de Navidad. Lectura de un manifiesto, velas encendidas y cinco minutos de silencio, para reflexionar por encima del ruido del consumo. Cada año somos más o menos los mismos (aunque se me antoja que este año éramos algunos más…); cerca de cincuenta personas amigas. Cada una intentando defender su pequeña llama entre las manos, para que no se apague. La defendemos incluso a riesgo de quemarnos; como si fuera luz de vida. A nuestro lado pasa la indiferencia, a veces también la arrogancia de los que juzgan sin actuar, pero despertamos curiosidad y preguntas. Algo es algo.
Las olas inspiradoras también llegaron en forma de llamadas y mensajes de móvil. Las felicitaciones de los que están lejos siempre son especiales: Lacollares, el Colombo melillense, la mejor fotógrafa de Bélgica… Mi buena amiga Valérie comparó a mi familia con unos dibujos animados –¡¡me ha costado pillar lo del Marsupilami!! jajaja –pero hasta que lo deduje, hice un montón de conjeturas sobre lo que quería decirme. Yo siempre afirmo que tengo una familia de circo… Nuestro espectáculo más preciado también se llama Alegría. La protegemos contra todo.
Entre los mensajes amigos me llegó uno de alguien que no tengo fichado. Iba de incógnito, sin firmar, así que no sé a quien agradecerle el doble regalo: el abrazo navideño y la expectación.
Es lo que más me gusta de estas fiestas. Poder intercambiar con generosidad abrazos, besos y caricias. Soy de contacto (sin llegar a ser empalagosa, eh!) y durante el año me siento un poco rara cuando toco a algunas personas. Sin embargo como en Navidad todo vale... Incluso se diría que la vida parece más valiosa (debe ser porque todo se encarece) y derrochamos más humanidad. ¡Ya nos vale! Si fuéramos capaces de conservar el espíritu navideño todo el año no iríamos con esas caras largas y malhumoradas por el mundo… A excepción de cuando estamos enfermos (también del alma); entonces está permitida la tristeza, por supuesto.
Los que son aun más tristes en Navidad son los hospitales. Aunque el de aquí sea nuevo y parece que estrenas la habitación, con la enorme cama hidráulica, no es como estar de hotel. ¡Qué se lo digan a Isaac! Al quinto día se bajó de la cama, se colgó la mochila a la espalda y le dijo a sus padres: “¡estoy harto de este hotel, me voy a casa!”. Su expedición sólo llegó hasta el pasillo; todavía no tiene tres años. Por suerte, ayer, le dieron el alta y todos lo celebramos. El tió le cagó muchos regalos atrasados ¡y durmió en la cama de los papas! Eso sí que es pura vida. ¡Qué se lo digan a su familia!


lidia GR dijo
me gusto leerte...soy mujer, aunque no feminista, y me creo sensible. como dijiste en tu entrevista, ya pensabas en que nos gustarian tus maneras, jaja...conmigo, acertaste, supergirl!!!!!!
7 Enero 2008 | 10:03 PM