De lo más ordinario
Para que un medicamento cure tiene que ser amargo. Seguro que el médico me lo ha dado para conformar mi sensación de estupidez. Ves al médico, te dicen los que no te conocen bien, déjate de homeopatía. A los íntimos ya no se les ocurre aconsejarte banalidades. Saben que al final voy a hacer lo que me dé la gana. Y al final me ha dado la gana de ir esta mañana. Es el tercer día con fiebre.
Si no estás verdaderamente enfermo puedes acabar cogiendo el virus en la consulta del ambulatorio. Aunque te sientes en la butaca más retirada. Los virus amenazan en el calor humano, y como espectros se deslizan por la sala de espera, asqueados de no tener trabajo, porque allí todos los mortales han tenido la estremecedora sensación de dormir a su lado.
La pobre enfermera de urgencias está desbordada. Además tiene que atender dos “negocios”, como dice el jubilado socarrón que espera para pincharse. ¡Con la gente que hay en el paro y tú con tanto trabajo! Y ella entra y sale diligente, de un despacho a otro, sin abonarse a reprobaciones.
Es una buena enfermera. La conozco desde hace tiempo. Son las doce y media y todavía no ha desayunado. Creo que soy la visita que hace 35… ¿o ha dicho 40? ¡Qué mas da!, una barbaridad. Decide pasarme al médico –ella es el filtro- y me siento un poco menos idiota por haber acudido al ambulatorio por un virus tan ordinario -que ya lo conocen hasta en Ranamanca, ¡y eso que es mi ciudad inventada!
El médico suelta un “pase” más seco que mi tos. Yo, para variar, me disculpo por haber ido. Confío que el hombre se arrepienta de tanto “pase” brusco. Al fin y al cabo ¿quién quiere tener que ir a verle?, a parte de algunos jubilados a recoger recetas y saludar, de paso, a su enfermera favorita -¡quién te pillara!
Me revisa la garganta. Luego me ausculta la espalda. ¿Cómo será eso de escuchar las respiraciones de mi espinazo? Murmura algo que no alcanzo a oír, pero supongo que se ha confesado con mis paletillas. A mis oídos ha llegado algo así como “normal”. Me quedo más tranquila. Luego me extiende dos recetas para que me entienda con don Paracetamol y doña Codeína. Le doy las gracias. No se merecen –o eso dice él.
Hago cola en la farmacia. Un jubilado está pidiendo consejo para su hijo, que no ha querido dejar el trabajo para ir al médico. La farmacéutica pone empeño, pero sólo sabemos que tiene lo que todo el mundo. ¿Tos? Sí, también, pero es que fuma mucho.
Pago y salgo con mi bolsita de emergencia.
Lo mejor es llegar a casa y meterme en la cama. ¡Dos horas!, desde que he abandonado mi puesto de trabajo y me he refugiado entre las mantas.
Me he hecho la remolona, pero al final me he levantado a comer. No hay nada que no solucione un buen caldo caliente. Después me he entrevistado con los dos: doña Codeína ha sido dulce, pero don Paracetamol es de lo más desagradable. Es como si el médico me hubiera dado una de cal y una de arena: lo estabas haciendo bien, pero ya que has venido te vas a acordar... Al menos, eso he pensado cuando me lo he tomado de un trago; esto tan amargo me va a curar rápido, porque no tengo intención de alargarlo.
Pienso en el grog que me recomendaría mi buen amigo Jose. Lástima que no sea conveniente mezclar el alcohol con los medicamentos. (Todo esto lo pasaré al blog mañana, claro. Ahora estoy demasiado a gusto en la cama).
NOTA DEL DIA. Hoy no es “mañana” sino pasado. Juro que a don Paracetamol no lo trago.




Jose Dominguez Dominguez dijo
El politono que quiere ser el himno de Riego tiene la virtud de sacarme del dulce sopor al que me ha llevado sin mucha resistencia por mi parte, todo hay que decirlo, la sopa castellana, -justa en su temperatura y adecuada en el ajo-, y una merluza de pincho, -como las de antes de la guerra-, condimentada en salsa verde y servida como debe ser, en cazuela de barro, y regado todo ello con un fino y fresco chacolí, que me he permitido regalarme en casa de un buen amigo que regenta una "casa de comidas" por más nombre "El Caserío", y para más señas natural de Bilbao, eso sí, ¡del mismo Bilbao!
Con más esfuerzo que voluntad alargo el brazo, tomo el impertinente aparato que, cual maléfico Polifemo, me hace guiños verdosos desde su único ojo y consigo acercármelo a la altura de la oreja antes de que se me consuma la paciencia.........¡Sí......Diga!....¿Cómo...?....Sí, desde luego, ¡soy yo mismo!....¡Qué me dice.....qué barbaridad...pero si ya se había recuperado....creo que le había ido muy bien un remedio casero a base de ron caliente que le recomendé!......¡Ah, que ha vuelto a recaer....pues sí que estamos bien...!....Dígame, ¿habrá ido al médico, no..?......¡Ya,,,,sí, supongo que le habrá recetado lo habitual en estos casos...!.....Lo mismo me ocurre a mí, no soporto esos brebajes industriales...desde luego que sí, el Paracetamol ¡Insufrible!.....Bueno...sí, desde luego,...hágame un favor, dele un fuete abrazo de mi parte, que no se preocupe por la ausencia, ahora, lo más importante es su recuperación....¡Gracias, sí..encantado...!
Dejo el móvil sobre la mesa mientras me siento de nuevo despierto y con la mente ágil; la conversación ha conseguido desvelarme por completo. ¡Vaya, mi buena amiga Marieia, de nuevo acatarrada...! Y, claro, la recetarán un montón de fármacos de dudosa efectividad, veremos qué puedo hacer por ella, seguro que encontraremos algo!
Salgo del salón de casa y me dirijo al botiquín que, como en cualquier casa de vecino, es una pequeña farmacia: rebusco enre las cajas desechándolas a primera vista pues voy buscando algo concreto. No me sirve ni el Bisolvón, ni la Couldina, ni tan siquiera el Frenadol o la Aspirina, pero no encuentro lo que busco...Diez minutos más tarde, con el sabor de la derrota en la boca recuerdo que, el pasado año, utlicé en mi propio beneficio la última partícula de lo que tan laboriósamente andaba buscando:
Aquella milagrosa y extraña raiz, negra como un tizón, oliendo a avellanas y de ácido sabor que puso entre mis manos un hechizero africano cuando visité su poblado a orillas del río Limpopo, una extraordinaria y singular noche.
Con pesar, doliéndome no poder socorrer a mi amiga, me hundo de nuevo en mi sillón favorito y, al instante, se me cierran los ojos y mi mente se ve asaltada por tinieblas oníricas.
El sonido del móvil sobre la mesa tiene la virtud de despertarme, me levanto, lo tomo y lo llevo a mi oreja...¡Sí....Diga!.....¿Cómo....?....Sí, desde luego !soy......
No acabo la frase, aparto el móvil de mi cabeza con mano temblorosa mientras siento que un sudor frío perla mi frente......¡Ésta llamada, ésta conversación es la misma que mantuve antes de caer dormido sobre el sillón...!.¿Cómo es ésto posible.....lo habré estado soñando..? Caigo rendido sobre el mismo sillón, me echo hacia atrás y, al hacerlo, entra en mi campo de visión la colección de máscaras africanas, y, al momento, mis sudores y mis temblores se incrementan.....Allí, colgada sobre la pared, se encuentra la máscara de un hechicero africano y, por un instante, me ha parecido ver en ella una enigmática sonrisa........
20 Enero 2008 | 02:39 AM