Los días son de color violeta, esta semana. En realidad, donde yo vivo, empezaron a ponerse lilosos la semana pasada. Las agrupaciones de mujeres de mi entorno son muy activas y han programado muchas actividades en torno al 8 de marzo. Una de ellas, por ejemplo, nos permitió compartir una charla muy saludable.

Nos visitó la doctora Carme Valls-Llobet, presidenta del Centro de Análisis y Programas Sanitarios (CAPS). Con espejo virtual en mano, nos puso frente a nosotras mismas: las Mujeres invisibles –editorial Debolsillo; un libro que aborda la salud de las mujeres con rigor y seriedad, para ofrecernos una visión holística, que atiende a aspectos biológicos, psicológicos, sociales, culturales... Pero sobre todo un libro que nos descubrió la discriminación histórica y el olvido al que la medicina ha condenado a las mujeres. O lo que es peor, los estereotipos y tabúes que el discurso patriarcal ha elaborado a lo largo de años y años de ignorancia y prejuicios.

Nos sorprendimos cuando nos contó que en los años setenta, cuando ella estudiaba, los libros de ginecología afirmaban que la mujer era frígida por naturaleza. A excepción, eso sí, de las que tenían pelo, porque tenían más hormonas masculinas (la testosterona). Las del público nos reímos. Pero luego nos alertó sobre los famosos parches de testosterona que hoy intentan vender con el argumento de que mejoran el deseo sexual en la menopausia.

Cuando salíamos de la charla todas parecíamos fortalecidas. La información veraz es como un batido energético.

A mí me gustó especialmente su referencia al “relato” médico... Esa historia que se construye, como un puzzle, de partes de nuestra vida que la sanidad pública no tiene tiempo de atender. Fragmentos, también invisibles, sobre nuestras inquietudes, desasosiegos, emociones, pasiones y deseos que tienen tanto que ver con nuestro estado de salud, o sobre nuestro entorno laboral, familiar, social, cultural… El relato de lo que somos, ni más ni menos, y de nuestras circunstancias vitales más cotidianas, dónde podemos hallar las causas de nuestras flaquezas.

Las mujeres, más que los hombres, hemos pasado por la historia sin relato propio. Nos lo decía una profesora de la UAB (Amparo Moreno) cuando estudiábamos la memoria vital de nuestras familias para conocer la evolución de los medios de comunicación; la historia de los libros -la académica- la han escrito durante muchos años los hombres, siempre en torno al poder y la vida pública. Al margen (o en inferioridad) dejaban a las mujeres. La esfera de lo privado era menospreciada y condicionada; la esfera de los afectos y los sentimientos encorsetada –lo ilustra de maravilla la gran novelista Carmen Martín Gaite en sus Usos amorosos del dieciocho y Usos amorosos de la postguerra española.

Por desgracia, hoy en día, que las mujeres empezamos a tener voz, hablamos muchas veces como aquellos hombres que nos ignoraron. Supongo que por eso me gustó la charla de Valls-Llobet. Su referencia al relato fue como un guiño novelístico. Le faltó quizás recordarnos que la intuición y la creatividad también pueden sanarnos, pero esos son terrenos de otra eminente investigadora: Clarissa Pinkola Estés. En su libro Mujeres que corren con los lobos nos invita a recorrer el camino de la mujer primitiva y recoger su sabiduría. Nos anima a desarrollar la creatividad, a reencontrarnos con la espiritualidad y a buscar en nuestro interior esa serenidad tan necesaria para pacificar nuestras vidas.

Ánimo pues, mujeres invisibles y hombres prisioneros, que los días son violetas y juntos podemos hacerlos de colores.