El mundo de Millás me tiene atrapada. Ha sido entrar en “su calle” y recuperar el tejano de peto con tirantes. El peto de la infancia y la aventura; el del riesgo. Esa calle de la que habla en su libro también está en mi barrio, aunque tienes que entornar los ojos para reconocerla o ponerte las gafas sin cristales que usábamos para jugar con las Maza. En cuanto me las he puesto he pensado en el peto. Reconozco que me han venido a la mente otras armas más sofisticadas, como el termómetro de mercurio, las trampas para los ratones, los primeros rotrings o la pera de las lavativas, todas con sus respectivas historias. Pero me apetecía probarme el peto; no puedo imaginar mi niñez sin asociarla a un vestido o pantalón de peto, igual que no puedo olvidar a mi hermana sin aquella falda eterna...

Era una falda de tablas de cuadros marrones con la que se daba tremendas vueltas en el recibidor para desafiar la ley de la gravedad. La admiraba mientras hacía flotar su falda en el aire y me fascinaba sentir aquel vértigo fundamental. Luego yo la imitaba, con la osadía de la hermana menor que se arriesga a precipitarse y caer por sentir el poder de la enajenación momentánea, en la que la falda planea a la altura de la cintura, arriba, más arriba, siempre arriba… Pero mi hermana siempre ha tenido más equilibrio que yo. Y era mejor bailarina, desde luego.

El sábado me puse el viejo peto tejano y pasó algo extraordinario. Estuve haciendo de maquinista con mi sobrino Oriol alrededor de una pequeña vía de tren en forma de un ocho infinito. “Més ràpid, tieta, més ràpid...” me animaba el muy imprudente, para que el tren circulara cada vez más rápido. Estaba segura de que la máquina y los dos vagones del tren descarrilarían, pero él los miraba hipnotizado, pensando quien sabe en qué… quizá en el vértigo de la vida. El convoy tardó mucho rato en volcar, pero no hubo heridos; los bomberos acudieron de inmediato e hicieron un rescate excelente.

No quiero precipitarme, porque no he acabado el libro de Millás todavía, pero ya tengo mucho que agradecerle al autor por los guiños. Él no lo pretendía, seguro, pero es inevitable descubrir el ojo guiñado del Maestro, casi igual como él se encontró una vez con el ojo de Dios detrás de aquel juguete del Vitaminas. Esa primera mirada del mundo real. Esa conexión con el vértigo de la existencia literaria.

Más allá de su valor literario, tengo que reconocer también su valor humano. Es un libro valiente. Un libro que vence al frío de los fantasmas –no sé si debo agradecerle que me haya devuelto uno de mis terrores infantiles nocturnos más recurrente: el esqueleto de mi abuelo... Una obra que suple las carencias de lo más vital con la osadía de un submarinista dispuesto a bajar a las profundidades de otros mundos a cuerpo libre. A pulmón.

Recomiendo la experiencia, por supuesto.