El cuento de Sandra, ranita y princesa
La ranita era pequeña y estaba sola. Bueno, sola del todo no, pero en la charca en la que había caído era difícil sentirse acompañada. Las ranas y los sapos grandes tenían demasiado trabajo para entretenerse con una recién llegada. Estaba allí por culpa de un desafortunado accidente; una fuerte tormenta tropical había puesto su vida patas arriba, literalmente, y la había arrastrado hasta ese charco. Ella todavía no lo sabía, porque apenas era una cría, pero su familia de verdad la estaba buscando.
Cerca del charco había un castillo en ruinas. Se adivinaba que tiempo atrás había sido una fortaleza extraordinaria. Al menos en apariencia… Contaban las malas lenguas que la joven princesa heredera había abandonado a su real familia para fugarse con el fiel jardinero, rompiéndole el corazón a un caballero. Pero ya se sabe que las malas lenguas son como las serpientes; ¡no saben ni trazar una línea recta!
Lo cierto es que la princesa tenía fama de curandera. Por una gracia de nacimiento poseía el don de sanar algunas enfermedades desde temprana edad, ¡desde la cuna! Con una simple mirada, una caricia, un estornudo o un hipo, podía curar un catarro, un sarampión ¡y hasta la ceguera! Más tarde, descubrió que también sabía palabras mágicas, aunque nunca le funcionaron con la avaricia y el poder. Pero la mayoría de pócimas, brebajes, ungüentos y remedios caseros, los aprendió de una vieja bruja del pueblo: la dueña del mesón, que por lo visto era una experta en curar el mal de amor...
La ranita no tenía ni idea de toda esta historia, claro está. En aquel lugar no estaban mucho para cuentos. Había otro tipo de tareas más urgentes. Ella anhelaba (sin saber lo que era el anhelo) conocer al patito feo, al gato con botas, a los tres cerditos… ¡al lobo feroz, no, eh! Pero entretenida con el vuelo de las libélulas y los mosquitos veía, noche tras noche, como crecía la panza de la luna. Y nada. Ni rastro de su familia.
En realidad la princesa curandera y la ranita se parecían más de lo que las dos ignoraban. ¡Las dos tenían poderes mágicos! Pero claro, a estas alturas del cuento, ninguna tenía conocimiento de la existencia de la otra. La ranita, porque prácticamente lo ignoraba todo. Y la princesa, porque estaba en paradero desconocido desde que había dado la campanada; o sea, exactamente, desde el día que le dio por liarla…
El anuncio de la campanada fue el tañido del cencerro de un burro. El animal arrastraba un carro de enormes calabazas que dirigía un hombre poco diestro con las riendas. La joven princesa estuvo a punto de ser atropellada por el carromato, cuando salía de la aldea apresurada. Estaba a un paso de la abdicación o el destierro, porque tenía la mala costumbre de olvidar sus leales raíces y además de mezclarse con gente enferma y dar buenos consejos a mujeres de posada, se dedicaba a confabular contra la monarquía en las tabernas.
-¡Alerta!
El grito del conductor llegó justo a tiempo. La princesa retrocedió con un salto de rana y cayó de ancas.
Por suerte el mal carretero resultó ser todo un caballero. ¡Y a años luz de los caballeros del reino! Cuando le tendió la mano para ayudarla a levantarse, fue él quien cayó rendido a los encantos de la dama. Y sin que mediara ningún sortilegio, nació el amor.
(Sí. De acuerdo. La ranita también experimentaría algún día los misterios del amor. De momento desconocía la existencia de ese extraño sentimiento, que incluso podía provocar efectos tan devastadores como la tormenta de lluvia que la había volteado hasta aquel jardín palaciego.)
Entre la princesa y el carretero el amor fue casi igual de arrollador que su encuentro. Pero en el amor nada es fácil. Ellos tenían en contra un ejército de normas y lanzas reales, de cabeza estrecha y de corta mira. La princesa sanadora nunca consiguió curar la codicia de su padre y los sueños de grandeza de su madre. Lamentablemente todos sus intentos fueron en vano. Así que decidió abandonar el hogar absolutista.
Su amado caballero la hizo reina de un huerto de calabazas y se convirtió en una excelente hortelana, aunque algún año se le resistieron las plagas de araña roja… ¡Los planes revolucionarios seguían exigiendo tanto trabajo…!
Y colorín colorado…
Pero la ranita tampoco sabía lo que era eso del “colorín, colorado…”. Apenas emitía ruiditos y todavía no asociaba ninguna palabra. Ga ga ga… Ma ma ma… Ba ba ba… Pa pa pa… El castillo en ruinas que veía desde la charca era todo un misterio para ella. Aquellas formas tan extrañas… –¡las torres coronadas! No. Ella no podía siquiera imaginar que existían las princesas, ¡ni mucho menos que ella acabaría siendo una!
Una mañana, mientras jugaba a perseguir el vuelo de un pájaro, cerca de la ventana de la torre más alta del castillo, una luz brilló muy fuerte y le hizo cosquillas en la cara. En realidad aquel destello fue el reflejo del sol en el espejo de la habitación de la princesa, que retendría, por los siglos de los siglos, el poder curativo de su mirada.
Y así fue como aquella curiosa señal de luz se convirtió en un faro guía para la familia de la ranita. Y por eso ella sonríe feliz, porque adivina, que después de tanto tiempo, por fin, la han encontrado.
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Rochester dijo
Querida compañera:
Hay que ver...
Me parece que la rana, a buen seguro, ahora está feliz. No obstante: ¿Qué pasará ahora con la rana? ¿Sera eternamente feliz? ¿Vagará ella en busca de algo? ¿Por qué no hemos de conocer al lobo feroz?
Son preguntas en un mundo "azul", alguna que otra sensación, amén del descalabre por la vida...
Yo quiero, ademas, una bella charca de fango; también un desplome de actos; y por pedir, que pedir es gratis, algunos peces que croen.
Pero, si a la ranita ya la han encontrado, ¿qué le queda entonces?
Saludos!!!
18 Julio 2008 | 09:21 PM