Izar el toldo
Me dice la Rubia que tengo que subir el toldo para que entre el sol... ¡Pero si estaba lloviendo, nena! La lona se había mojado y no podía recogerla hasta que se secara. Sí, vale, puede que nos hayamos entretenido un poco con los deberes prácticos de la casa y te haya parecido que nos estábamos escondiendo del mundo, como si los habitantes de esta casa defendiéramos una soledad opresora o ingrata. No lo había pensado. Ya está. Mañana de sol y tela enrollada.
Es curioso como se ven las cosas desde dentro o desde la calle -desde fuera. A ti te parecía casi doloroso espiar ese toldo lamiendo con avaricia mi balcón, como una especie de voto de renuncia a la alegría de la luz o a la brisa otoñal. Y sin embargo no te imaginas lo confortable que yo me sentía aquí dentro, en este cuarto cerrado a las miradas, pero abierto a una dimensión fantástica; el universo que rodea un simple toldo de color crema y rayas azules. Es la vela de mi barco. Mi ventana al mar. Un espacio ancho que me sosiega. ¡Fíjate!, nada que ver con la impresión de la que me hablabas. En todo caso, sí es mi refugio y mi retiro. Es un lugar donde la soledad me sabe a postre, te lo aseguro. O a café con leche y algo amargo.
Pero supongo que me has hablado del toldo para no hurgar en las ventanas de mi mirada. Ahí sí que tengo que darte la razón. Me está costando un poco desempañar los cristales. La “vuelta al cole” no ha sido como imaginaba, ya sabes. Reconozco que me estoy demorando un poco en descorrer las cortinas y en subir las persianas. La serenidad, a veces, necesita desvestirse despacio y sin testigos.
En la calle hace viento. Lo sé porque el árbol de la acera de enfrente me saluda. Casi llega a la ventana del segundo (con la persiana somnolienta). Una mujer pasa cargada de bolsas -se le van a quedar los dedos como morcillas. Otra pasea en dirección contraria, a pie, del manillar de una bicicleta que alguien espera. La vanette blanca sigue aparcada al pie del árbol… No, no. Espera. Alguien arranca y se la lleva, y ocupa su lugar un tipo que acaba de hacer una imprudencia. Cuando se baja del coche me llama la atención su corbata naranja. Desciende decidido y sonriente. Se dirige a alguien. ¡Vaya! pero si es Rafa quien entra en escena… Hablan. Caminan. Ya no les veo. Pronto sabré quien es el desconocido. Por la acera se pasea ahora mi “mujer de rojo”, hoy vestida completamente de rosa pálido. La tarde es otoñal y se acuesta sin pasión. Con cobijas grises. Sé que voy a echar de menos mi toldo. Estoy segura. Igual como aseguraría que nadie me espía desde fuera.
!--[if>!--[if>!--[if>!--[if>![endif]-->![endif]-->![endif]-->![endif]-->



co-coctelera dijo
Ay, ese toldo...
La soledad elegida, el refugio que te ofrece, y tu pareja que no se entera...
Saludos.
25 Septiembre 2008 | 06:56 PM