En el papel había dibujado un campo de flores. Algunas con la corona hacia el cielo. Otras, al revés, apuntando con el tallo. Las unas eran espejo de las otras, como reflejos en un lago de tinta azulada… Pero sin simetría, porque había más flores en el norte que en el sur. Aunque las invertidas eran más auténticas, eso sí; la imagen de las de arriba temblaba al proyectarse en el agua. Mareaba un poco mirarlas.

Escuchó sus pasos acercándose y se apresuró a ocultar el recorte de papel debajo de una montaña de libros. Ella también traía pétalos de rocío en la mirada.

-¿Has avanzado…?

Le dio pena decepcionarla.

-Muchísimo. ¿Y tú?

-¡Una barbaridad! Me he pasado la tarde dibujando en los márgenes del cuaderno… Vamos, que sigo bloqueada.

La abrazó para animarla, aunque no parecía preocupada. Estiró los brazos haciendo ruiditos, suspiró alegremente y se quitó la camiseta cantando, camino de la ducha.

De nuevo a solas, sacó el cuadradito de papel y lo observó una vez más. Dos flores dormidas marcaban los límites entre el campo y el lago. Las dos flotaban en medio del dibujo. Una frente a la otra. A diferente altura, pero ambas muy equilibradas.

El conjunto era una imagen inquietante. Pero tenía que conformarse con eso. Después de todo era su pequeña creación en medio de una semana de sequía literaria.