Definitivamente hemos regresado de las colonias, clase. ¡Ni en la Eucaría de Tous vivimos tantas emociones como durante este viaje! Mis dos compañeros son testigos. Hemos necesitado una semana entera para repetirnos que teníamos que “ir al trabajo” cada día, en lugar de “ir al colegio”. Snif!

Thelma y Louise se alojaron en la mejor habitación con vistas del Parador de Melilla y el inspector Clouseau (sí, igual de entusiasta o más que hace un año, ¡que para eso estábamos en su tierra!) hizo los honores de descubrirnos la ciudad –y sí Rey, no escatimó en nada para las dos “reinas moras”. Fuimos a muchas partes callejeando, pero cuando no se podía llegar más lejos (¡y había que exprimir el tiempo!) no faltaron los viajes motorizados en una carroza de negros corceles, ¡a los que no pudieron detener ni las piedras arrastradas por el diluvio! (pero no nos adelantemos, ya llegaremos a eso…).

Desde el primer día el inspector nos llevó de fiesta en fiesta, con desfile de langostinos, baile de cigalas y coreografía de pescados por los mercados, ¡y luego en la mesa! Y conocimos los placeres de una colorida tetería, de la mejor bocatería-sandwichería melillense (¡en la que vale la pena esperar mesa!), de una vieja chocolatería cerca de la Medina, del restaurante La Pérgola, en el puerto… De avenida en avenida, de mercado en mercado, ¡y de cuartel en cuartel! –aunque ya no quedan soldados. Ni los cementerios, ni los polvorines, ni las vallas de la vergüenza podían detenernos. Y claro, luego llegaron las barras de las tabernas y las pistas de baile. ¡Fiebre de sábado noche! A la conquista de un mundo sin fronteras. Románticos y “balumbas” hasta la médula.

Pero lo mejor fue el plato de historia. ¡Sabemos tan poco de la relación entre España y el Rif! Además de las clases de nuestro sabio compañero, vamos a tener que tomar lecciones extraescolares para ponernos un poco al día. Cuando nos habló del Desastre de Annual (o de la “victoria” de Annual para los rifeños, según se mire…) nos sonó a lección remota de latín… ¡qué vergüenza! Así que a callar y a atender, como en el aula. Y luego en casa a coger los libros -Thelma ya ha empezado se siente apasionadísima por el tema.

El tiempo, como un año atrás en la famosa tarde y noche de los sables, era esta vez una nube cargada de agua que cada mañana se desplazaba hacia el monte Gurugú, como el paso de la capa de un gigantesco murciélago sobre nuestras cabezas. Mientras Louise dormía el sueño por las dos, Thelma se hizo amiga de los vampiros y volaba desde la terraza del piso más alto para ver amanecer la ciudad entre cortinas de lluvia.

El domingo era nuestro último día, pero a esas alturas no había quien pudiera acabar con nuestras colonias –por favor, por favor, que se estropee el autobús, que nos rapten los extraterrestres, que los adultos se pierdan en el laberinto de la Eucaría y no nos encuentren jamás…

Quizás fue así como lo hicimos también… Y así fue como nos sorprendió el diluvio en Nador –las piedras en el camino fueron una señal de aviso- y nos siguió hasta Melilla de regreso de nuestro paseo por las calles de un gran mercado... Nos pusimos unas imaginarias botas de agua y saltamos en el coche pisando todos los charcos, sin temor a los ríos desbordados. Éramos como los pilluelos del centro de menores que salieron a jugar al balón en un túnel anegado de agua… La tormenta fue lo máximo. El perfecto final para las colonias. Era difícil reparar en el desastre que suponía para los mayores… ¿A quién se le ocurre preguntarnos si pasamos miedo! Era el clímax de la película antes del “The End”. Moríamos con las botas de agua puestas.

Sí, de acuerdo, cuando se inundó el paseo marítimo, se cortaron los accesos y se cerró el aeropuerto hubo momentos de preocupación. Llamadas a casa, mensajes amigos, búsqueda de alternativas…, pero al final todo acabó en un plácido reposo en el mundo adulto, a la espera de que la naturaleza se recuperara de la impresión de nuestras explosivas colonias. Y poco a poco el ritmo nos devolvía a la realidad de un domingo por la tarde, de un lunes por la mañana… esperando que llegara nuestra hora de volar de regreso; jugando con un niño de verdad a montar barcos con piezas de plástico; empujando el carricoche de una bella durmiente; Thelma y Louise solidarizándose con una mujer y madre, como no podía ser menos, aunque para ello tuvieran que enfrentarse con el inspector Clouseau (que siempre estuvo en minoría, pobrecito).

El adiós fue precipitado. Iberia nos dio un empujón y de repente estábamos en el avión de regreso antes de lo que imaginábamos. Mejor así, nos decíamos mientras despegábamos. A los adultos no nos gustan las despedidas. En cambio los niños siguen correteando felices con las botas de agua puestas, porque no ha parado de llover en toda la semana. Y es que Peter Pan siempre anda haciendo de las suyas...