No soy visual, dice mi compañera de trabajo, la Rubia, que se ha empeñado en desvelarnos, estas dos últimas semanas, cual es El Secreto de la vida –hemos pedido turno para leer el libro. No me percato de algunas cosas hasta que me las señalan con el dedo. “¿Lo ves?”. “Ah, sí”. Entonces lo veo…El vecino ha arreglado la persiana rota; en uno de los armarios de la oficina han colgado un programa de actos; han podado los árboles que rodean la iglesia de la Sagrada Familia –ese detalle me lo señaló mi sobrino Oriol, el otro día, y tiene 3 años… En fin, cambios en los escenarios cotidianos que me pasan desapercibidos. Así que, como decía mi abuelo “¿oyes?” (era su muletilla) puede ser que sea más bien auditiva.

Sin embargo hay mudanzas que sí aprecio. Quizás porque tienen que ver con otros cambios más profundos. Por ejemplo, cuando podaron la hiedra salvaje que trepaba el muro de una finca y que me acariciaba todas las mañanas el hombro, de camino o de regreso al trabajo. Teníamos una relación especial esa hiedra y yo... Casi de hermandad.

Además, hay días que no quiero mirar alrededor. Lo reconozco. Le pongo un candado a las imágenes y me quedo con las de Ayer, para recrearme en ellas, una y otra vez: el paraguas verde que se abre con la alegría de hallar las pinturas rupestres de una cueva; un cuadrito de salmón en la ensalada, escurridizo como un deseo de fuga; la lata de galletas amarilla que he comprado solamente porque quiero conservar tesoros… Y las miradas de los que se besan callejeando, de los camareros, la policía, las dependientas pendientes de un gesto, los gatos solitarios, los que van a cometer un atraco, los que están hasta el cuello… La complicidad de los encuestadores que te ahorran un minuto para una campaña, del niño que atiende a su padre para bajar con seguridad las escaleras, de los estudiantes, de la gente extraviada que a su pesar se sube a los autobuses con aplomo… Es lo que tiene recorrer lo que añoramos.

Así que hoy he colgado el cartel de Completo. Bueno, le he hecho un hueco a una imagen. La he atesorado en mi lata de galletas, regresando del trabajo. He levantado la cabeza para recibir la caricia del sol y me he topado con él; sacaba sólo el morro por la barandilla de la terraza y también apuntaba al cielo, en un reflejo idéntico. Es un Alaskan que vive en mi recorrido. La verdad es que no es la primera vez que lo sorprendo así. Me avergüenza espiarlo, aunque sólo sea unos segundos. Es un gesto tan íntimo. Mi otra alma gemela este mediodía... Los ojos cerrados y el mentón como una ofrenda, dando las gracias por las caricias del sol, al tiempo que extraña montañas de nieve que ni siquiera ha llegado a conocer. Vamos, eso que llamamos nostalgia. Como el aroma de vainilla.