La receta del Puerto
Primero fueron los balcones… Abiertos, cerrados, en venta, sin precio…; puertas de madera y barandas de hierro forjado. Balcones que se abren al pasado, al desahucio, al vacío interior, donde las cicatrices se curan con flores silvestres.

Y balcones habitados y mimados; altares de macetas alineando colores y algunas palmas bendecidas como ofrenda. Me paro a fotografiarlos y delato que no soy de aquí… Pero un viejo simpático, vecino de la calle Cruces me dedica una sonrisa y me da nuevas coordenadas para seguir descubriendo balcones.

Luego fue Alberti… Alimento para toda alma marinera. Un encuentro excepcional en La arboleda perdida. Privilegio de entrar en su vida y en su casa con una invitación muy personal para quien visita el museo (http://www.rafaelalberti.es/).
El mar. La mar.
El mar. ¡Sólo la mar!
¿Por qué me trajiste, padre,
a la ciudad?
¿Por qué me desenterraste
del mar?
En sueños, la marejada
me tira del corazón.
Se lo quisiera llevar.
Padre, ¿por qué me trajiste
acá?
También es el viento, que me obliga a avanzar más despacio. Los pies que me conectan a la tierra o a la arena de la playa… Los pies que me sostienen y resisten. Caminar y agradecer. Poder sentir cada paso y saborearlo, porque alguien cocina la comida que me aguarda… “Permanecer en el instante como si fuera el infinito”, así lo describía, el domingo, en el documental Como cocinar tu vida, el maestro zen Edgard Espe Brown citando a su propio maestro Suzuki Roshi –¡me imaginaba comentando sus lecciones con la peña de la radio y nuestro fiel colaborador Thubten Norzin!

Y es que no importa llegar, lo sabemos -¿pero nos lo creemos…?; importa el camino (que sea largo, lleno de peripecias…). Vivir cada paso como si fuera único e irrepetible. Parar en un puerto, haciendo escalas. Algunas son tan extraordinarias como inesperadas.
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jotatrujillo dijo
En una tarde agosteña, hace dos años paseaba buscando la sombra de esos balcones en el Puerto. En la puerta del museo de Alberti, un grupo de jóvenes alumnos escuchaban las explicaciones de un maestro, también joven.
Envidié la suerte de que estos chicos pudiesen conocer a Alberti hablando de él en medio de la acera, de la misma manera que envidio al que tiene la suerte de pasear por las calles de una ciudad que es poesía, gracia y sentimiento.
A mí, me tienen prisionero en ese penal del Puerto, subyugado por su belleza.
Saludos.
17 Marzo 2009 | 11:49 AM