Por si hace falta
Guardo una tarde de viento… Sí, igual que nos canta Manolo García en Una tarde de sol -una tarde de sol por si hace falta… Yo guardo una tarde de viento en Tarifa, junto al mar. He tenido muchos momentos para atesorar en estos días, pero me quedo con esa tarde; en concreto, con las dos horas de paseo por aquella playa interminable, inmensa como el abrazo del océano Atlántico. Una tarde para jugar con las olas, imitando a aquel perro negro que galopaba con el viento… Un tiempo para sonreír al horizonte por hacerme sentir humilde y pequeña. Una eternidad para agradecer la esclavitud de aquel instante, ¡por la libertad! -contradicción vital. La fortuna de poder llegar hasta Punta Paloma con la mirada y la imaginación. El guiño cómplice del sol. Sí, ese es un tesoro que nadie podrá arrebatarme, como dice el artista.
Entre otras imágenes que me dieron alas, guardo una de la playa de Valdelagrana: una fila de espaldas de niños, escalonada por las diferentes alturas, que barría las olas en busca de valor, ¡porque son escasos los bañistas que se atreven a mojarse por encima de la cintura en pleno mes de marzo! Me acordé de una fantástica fotografía de mi amiga Valérie -¡se me ha olvidado decírtelo esta mañana! A mí se me pasó el tiempo de tomarla mientras los contemplaba embelesada.
Conservo también el recuerdo de la arena en los bolsillos -¡otra vez Manolo!; del aroma de las mimosas y del vino por las calles del Puerto; ¡y el de las almendras garrapiñadas en Valdelagrana!, dulce olor de vainilla y nostalgia… ; la ropa festejando al viento con banderolas de colores en las terrazas; los emigrantes africanos con su vida y su venta ambulante, que imprimen fuerza al compromiso con el Negro y otros nadies…
Tampoco quisiera olvidarme de Alberto. Puede que dentro de un tiempo no recuerde su nombre, pero no creo que pueda olvidar su mirada por encima del respaldo de aquella silla. Tiene 4 años, pero me mira como si tuviera 15 y descubriera a su primer amor. ¡Y sólo porque los dos hemos pedido paella!
-Lo verde también se come –le reprende su madre amablemente cuando se queja de aquella inesperada invasión de guisantes.
Pero le doy ánimos y me convierto en su cómplice. Acabamos los dos juntos en mi mesa compartiendo charla. ¡Se disfrazó de indio en carnavales! Y yo tengo la inmensa suerte de no tener nada más urgente ni importante que hacer en ese instante que escuchar su relato.
Debajo de la mesa vecina, un pastor alemán descansa la cabeza en las patas delanteras con placidez. Mi loba interior se identifica con él.
¡Qué suerte la mía!, tengo todos esos momentos y muchos más para cuando me hagan falta. Y aun mejor: tengo con quien compartirlos.
Nota. La Coctelera me da problemas para colgar más fotografías. Snif! las tendré que compartir otro día...
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Jose Dominguez Dominguez dijo
Mireia, amiga,
Te leo, sigo tus líneas despacio, compartiendo tus experiencias y tu manifiesta alegría, me detengo por un breve instante en cada uno de los puntos concretos que señalas y me parece que el tiempo se detuvo hace mil años cuando, con las alforjas de la esperanza plena de ilusiones y muchísimas menos páginas del calendario de la vida por arrancar, saboreé la misma mar, me zarandeó el mismo viento y me vieron caminar por las mismas calles.
Besos, amiga mía.
27 Marzo 2009 | 12:42 AM