La receta nos la dieron dos sabios. Conocía la fórmula, pero no le había puesto nombre hasta que pasamos por la terapia de Haviva en Tánger… Ella, como buena abuelita, nos recomendaba reposar después de cada comida, así que invertimos el tiempo en leer La ciencia y la vida, de la mano de Valentí Fuster y José Luis Sampedro. ¡Qué hombres! ¿Cómo podíamos pensar nosotras dos en dormir teniéndolos a ellos a mano…!

De todo eso hace ya casi tres meses, un poco menos del tiempo que lamardecuento lleva sin dar señales de vida -desde el cumpleaños de uno de sus fieles lectores: ¡Felicidades Plácido!, aunque sea con mucho retraso.

Ha sido un largo paréntesis, pero es que siempre que intento reincorporarme salen obligaciones nuevas… Lo último, las oposiciones, que finalmente he suspendido. Lo siento, pero no puedo dar más detalles. El congreso ha declarado el estado de sitio a propuesta del gobierno y se ha limitado la libertad de expresión. Aunque ahora que recuerdo… hay una excepción relativa a la creación literaria… Pero no, no voy a hacerlo. Es un tema demasiado aburrido y poco saludable.

Prefiero seguir practicando la gimnasia de libertad; maravilloso antídoto contra el estrés y las prisas. Es ideal combinarla con los siguientes ejercicios: una lectura sin interrupciones –¡nos toca Kafka en el Club de lectura!- una cervecita con sabor a viernes, las visitas a las mujeres de la Casa del món, una tarde de fotografía junto al mar, una cena con Els Escrividors, el inicio de un movidito curso “baulero” (marcado por unas excepcionales jornadas), las sesiones de yoga en el colegio García Lorca… En fin, esos ejercicios cotidianos que elegimos porque nos hacen sentir tan bien. ¡Tan libres!

Y también éste; el reto de zarpar algunas tardes en busca de olas, estrellas y un sol imaginario bajo el que tenderme.