Lo prometido es deuda, Rubia. Aquí están tus fotografías de los balcones de Sigüenza. ¡Acertaste, sí! Tengo debilidad por los balcones. Algunos cuentan tantas historias… Y no necesariamente los de altura vertiginosa son los más excitantes. El que considero mi primer cuento, o sea mi primera pesca, tuvo lugar en un balcón. En una galería, para ser fiel a la verdad.
En casa de mis padres, el segundo piso de un inmueble familiar de tres plantas, uno de los dos balcones daba –y continúa dando- a un patio interior. En frente también vive familia. Lo proyectaron así los dos hermanos –uno de ellos mi abuelo- pensando en el futuro de sus hijos. Por suerte no se equivocaron –o quizás debería decir que no les defraudamos- porque no siempre vivir en familia es una garantía de buena vecindad.
En el patio plantaron un cerezo. Recuerdo que buscaba la luz con una ambición sin límites, apuntando hacia el cielo. Así fue como llegó a sobrepasar las tres plantas del edificio hasta alcanzar los tejados de la azotea. Era un ejemplar extraordinario (ya digo que apuntaba maneras) aunque lo cierto es que apenas daba cerezas y cada año enfermaba por culpa del pulgón. Al final tuvieron que cortarlo. Todavía hay noches en las que me encantaría escucharlo crepitar en las cristaleras de las ventanas…
Con mi prima, ideamos un sistema de comunicación primitivo pero muy útil entre las dos galerías; con unas cuerdas y una pequeña polea, de su tendedero a mi tendedero, nos pasábamos en un cubito los tebeos, mensajes, chucherías y un sinfín de chismes de crías. La nuestra fue una infancia de escasa tecnología, ¡pero de mucho ingenio!
Aquel primer cuento arranca con este recuerdo casi anecdótico, pero no es un relato infantil. ¡Nada más lejos! Como toda buena obra adolescente es más bien una mirada trágica y atormentada a lo cotidiano. Debe ser por lo duro que se nos hace abandonar el paraíso de una infancia feliz –no todas las infancias tienen la misma suerte-, aunque luego apenas reparemos exactamente el día que empezamos a dejarlo atrás.
Tengo pendiente una revisión de ese cuento, pero nunca me he decidido a modificarlo. Creo que conserva cierta pureza. Una inocencia desnuda y franca. Como el dolor que me produjo la tala de aquel maravilloso árbol en el que escalaban también mis fantasías de niña.
Ahora, a mis 37, me veo persiguiendo de nuevo aquella mirada infantil, que desde la ingenuidad sabía dar tan sabias lecciones. Valientes y un poco imprudentes, sí. Casi como que te pillen in fraganti fotografiando balcones ajenos. Pero es que sin riesgo no hay buenas historias.
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Desde siempre, esos balcones como el último de tu serie, que tienen la persiana echada por encima del pretil de hierro, me han parecido como bocas de un escenario, del que pronto se subiría el telón y nos permitiría ver la representación familiar de la casa.
Un abrazo.