Se mordió la lengua y se hizo sangre. Bien, pensó, al menos resulta que estaba vivo. Luego cerró los ojos y recordó el huerto de limones en el que fue tan feliz de niño; el olor perfumado en la brisa, el sol calentando su camiseta de rayas, las travesuras que hacía con Marisol, la niña que lo llevaba de cabeza… Los limones seguían intactos en su memoria, con el mismo brillo de luz que diez, veinte, treinta años atrás… Era mejor no echar las cuentas.

La sangre se mezcló con la saliva de su boca, entre cucharadas de postre. Un flan de vainilla trasnochador para aliarse con los recuerdos; temblorosos apetitos de caramelo entre pasos descalzos del sofá a la cama, de vuelta a los escalofríos.

Esta vez se mordió un labio y la lengua se desconcertó ante aquella combinación de sabores metálicos, amargos y dulces que resumían su estado de ánimo. Sólo le inquietaba aquella sensación gélida; puede que fuera por culpa de su sangre fría…

Tenía el cuerpo destemplado. Debía estar incubando un buen resfriado…