Manos sudorosas
Se han citado en la puerta de la estación. Ella está inclinada hacia delante, para facilitar un plan de huida. Mira sin ver a la familia que se acerca paseando; tiene los ojos muy abiertos, pero en realidad no está alerta. Podrían ser sus padres, otros parientes o unos vecinos de su barrio. En cualquier caso la pillarían prevenida, sí, pero incapaz de disimular su arrobo. Siente la piel caliente y bañada; le estrecha los dedos con determinación pero sin fuerza. Es imposible ser más feliz.
Él esconde la mirada cabizbajo, avergonzado de tanto desearla. Hace ver que se entretiene con el móvil; busca una canción que quiere compartir con ella. Le parece aun más bonita cuando está ausente o a punto de echar a correr. Inalcanzable. Se ha hecho una trenza larga, esa mañana, pero ahora está despeinada y se le escapan algunos mechones. Le gustaría decirle que está preciosa, pero cree que puede entenderlo como una cursilada. Además, sería una debilidad por su parte poner en evidencia tanta ternura. ¡Qué difícil resulta jugar a ser un tipo duro!
Están en un lugar público, en un banco de la calle, a la vista de cualquiera. Hace calor y sudan, pero eso es lo de menos. Llevan una hora ahí sentados y no se han soltado de la mano. Apenas han cruzado palabra. Se lo han dicho todo por sms, email, twit, facebook… y esa misma mañana en el instituto.
Ahora, aunque traten de evitarlo, sólo pueden pensar en esas manos, enlazadas y sudorosas, ávidas de caricias que aun no se atreven a pedir en voz alta. Manos pudorosas, como el primer amor de la adolescencia. Como el beso que anhelan y se darán, si ella quiere, mañana.
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