9 Abril 2009

Creo que es hora de agradecerle a la revista Qué Leer el regalo que me hizo hará unos doce años… Fue en 1996 -me lo acaba de revelar el Depósito Legal. Concretamente, junto con a la revista, me regaló un librito titulado Extraviadas ilustres, 10 retratos de mujer, escrito por Ana Maria Moix. Diez abreviadísimas biografías que me acercaron a diez mujeres prácticamente desconocidas o conocidas de forma “adulterada” bajo el prisma de algunas miradas encorsetadas: Elisabeth de Baviera, Lou Andreas Salomé, Carson McCullers, Isadora Duncan, Natalie C.Barney, Camille Claudel, Frida Kahlo, Coco Chanel, Djuna Barnes y Tamara Lempicka. Con algunas tengo grandes asignaturas pendientes (todavía no he entrado en El bosque de la noche de Barnes, por ejemplo) y de la mayoría guardo la impresión de saber que vivieron al borde del abismo, en busca de una ansiada libertad creativa.
Esta semana, buceando entre piélagos literarios, he conocido el nombre de algunas de las artistas que se vincularon con la Generación del 27 y he podido admirar algunas de sus obras. Me lo ha permitido la iniciativa de varios institutos de secundaria (por ejemplo éste de Málaga http://ficus.pntic.mec.es/acip0006/ o éste de Sevilla http://lanaranjadelazahar.blogspot.com/2007/11/mujeres-de-la-generacin-del-27.html). Así (aunque me de vergüenza confesarlo) he descubierto a estas alturas a Maruja Mallo (a la que reconocí haber visto en una fotografía con Rafael Alberti en el museo dedicado al poeta, en el Puerto de Santa María) y a Remedios Varó. Las dos son excelentes, pero la primera me ha cautivado por la belleza y expresividad de sus pinturas -podéis ver algo de ella aquí http://www.ciudaddemujeres.com/mujeres/Pintura/MalloMaruja.htm La huella de la foto de este post es suya.
Luego están las escritoras y poetas: María Teresa León, Concha Méndez, Ernestina de Champourcín, Josefina de la Torre, Eulalia Galvarriato… Algunas de ellas recordadas como “mujeres de” (la primera de Rafael Alberti, la última de Dámaso Alonso) pero olvidadas en cuanto a su legado literario. ¿A cuántas de ellas hemos estudiado en los libros de texto de la escuela? Yo desde luego, a ninguna. Por suerte compruebo que las cosas están cambiando; ahora el alumnado de secundaria puede ver satisfechas algunas de sus preguntas cuando no se visibiliza a las mujeres artistas.
Mujeres invisibles. Autoras desconocidas. Ilustres extraviadas en la historia, efectivamente. ¡Al rescate con ellas!
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27 Marzo 2009
Esta mañana las arterias de La Coctelera están menos saturadas. Aprovecho para colgar el álbum.
TARIFA. La primera vista de la playa de camino al Faro de Punta de Tarifa.

TARIFA. El faro más meridional; a un lado, el Mar Mediterráneo...


TARIFA. Al otro, el Océano Atlántico.

TARIFA. Después de comer empiezo mi largo paseo. Es la hora de la siesta y en la costa atlántica, ¡hay un dragón dormido! Shiiiissst...

TARIFA. Punta Paloma me saca la lengua al final del arco de la costa que diviso. A unos metros de mí, la atención es rojinegra como una bandera revolucionaria.

TARIFA. Para regresar de la luna, sólo hay que guiarse por un faro.

TARIFA. Empieza a caer la tarde. La madera guarda el calor de las horas de sol.

TARIFA. Confirmo que existen generaciones con las mismas ansias de mar y viaje.

TARIFA. Y pienso en una próxima vez...

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26 Marzo 2009
Guardo una tarde de viento… Sí, igual que nos canta Manolo García en Una tarde de sol -una tarde de sol por si hace falta… Yo guardo una tarde de viento en Tarifa, junto al mar. He tenido muchos momentos para atesorar en estos días, pero me quedo con esa tarde; en concreto, con las dos horas de paseo por aquella playa interminable, inmensa como el abrazo del océano Atlántico. Una tarde para jugar con las olas, imitando a aquel perro negro que galopaba con el viento… Un tiempo para sonreír al horizonte por hacerme sentir humilde y pequeña. Una eternidad para agradecer la esclavitud de aquel instante, ¡por la libertad! -contradicción vital. La fortuna de poder llegar hasta Punta Paloma con la mirada y la imaginación. El guiño cómplice del sol. Sí, ese es un tesoro que nadie podrá arrebatarme, como dice el artista.

Entre otras imágenes que me dieron alas, guardo una de la playa de Valdelagrana: una fila de espaldas de niños, escalonada por las diferentes alturas, que barría las olas en busca de valor, ¡porque son escasos los bañistas que se atreven a mojarse por encima de la cintura en pleno mes de marzo! Me acordé de una fantástica fotografía de mi amiga Valérie -¡se me ha olvidado decírtelo esta mañana! A mí se me pasó el tiempo de tomarla mientras los contemplaba embelesada.
Conservo también el recuerdo de la arena en los bolsillos -¡otra vez Manolo!; del aroma de las mimosas y del vino por las calles del Puerto; ¡y el de las almendras garrapiñadas en Valdelagrana!, dulce olor de vainilla y nostalgia… ; la ropa festejando al viento con banderolas de colores en las terrazas; los emigrantes africanos con su vida y su venta ambulante, que imprimen fuerza al compromiso con el Negro y otros nadies…
Tampoco quisiera olvidarme de Alberto. Puede que dentro de un tiempo no recuerde su nombre, pero no creo que pueda olvidar su mirada por encima del respaldo de aquella silla. Tiene 4 años, pero me mira como si tuviera 15 y descubriera a su primer amor. ¡Y sólo porque los dos hemos pedido paella!
-Lo verde también se come –le reprende su madre amablemente cuando se queja de aquella inesperada invasión de guisantes.
Pero le doy ánimos y me convierto en su cómplice. Acabamos los dos juntos en mi mesa compartiendo charla. ¡Se disfrazó de indio en carnavales! Y yo tengo la inmensa suerte de no tener nada más urgente ni importante que hacer en ese instante que escuchar su relato.
Debajo de la mesa vecina, un pastor alemán descansa la cabeza en las patas delanteras con placidez. Mi loba interior se identifica con él.
¡Qué suerte la mía!, tengo todos esos momentos y muchos más para cuando me hagan falta. Y aun mejor: tengo con quien compartirlos.
Nota. La Coctelera me da problemas para colgar más fotografías. Snif! las tendré que compartir otro día...
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17 Marzo 2009
Primero fueron los balcones… Abiertos, cerrados, en venta, sin precio…; puertas de madera y barandas de hierro forjado. Balcones que se abren al pasado, al desahucio, al vacío interior, donde las cicatrices se curan con flores silvestres.

Y balcones habitados y mimados; altares de macetas alineando colores y algunas palmas bendecidas como ofrenda. Me paro a fotografiarlos y delato que no soy de aquí… Pero un viejo simpático, vecino de la calle Cruces me dedica una sonrisa y me da nuevas coordenadas para seguir descubriendo balcones.

Luego fue Alberti… Alimento para toda alma marinera. Un encuentro excepcional en La arboleda perdida. Privilegio de entrar en su vida y en su casa con una invitación muy personal para quien visita el museo (http://www.rafaelalberti.es/).
El mar. La mar.
El mar. ¡Sólo la mar!
¿Por qué me trajiste, padre,
a la ciudad?
¿Por qué me desenterraste
del mar?
En sueños, la marejada
me tira del corazón.
Se lo quisiera llevar.
Padre, ¿por qué me trajiste
acá?
También es el viento, que me obliga a avanzar más despacio. Los pies que me conectan a la tierra o a la arena de la playa… Los pies que me sostienen y resisten. Caminar y agradecer. Poder sentir cada paso y saborearlo, porque alguien cocina la comida que me aguarda… “Permanecer en el instante como si fuera el infinito”, así lo describía, el domingo, en el documental Como cocinar tu vida, el maestro zen Edgard Espe Brown citando a su propio maestro Suzuki Roshi –¡me imaginaba comentando sus lecciones con la peña de la radio y nuestro fiel colaborador Thubten Norzin!

Y es que no importa llegar, lo sabemos -¿pero nos lo creemos…?; importa el camino (que sea largo, lleno de peripecias…). Vivir cada paso como si fuera único e irrepetible. Parar en un puerto, haciendo escalas. Algunas son tan extraordinarias como inesperadas.
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12 Marzo 2009
No sé si me reencontraré con el Negro, pero fijo que me voy de aquí con una multitud: la mujer de azul, Genaro el frutero, la Charo, Pepe el de Mallorca, la gitana regaladora… ¡Es lo que tiene estar de vacaciones, sin más ambición que atender a tu alrededor, comer y dormir cuando se te antoja!
He comprado una colcha de hilo… ¡Quita!, si estaba regalada.

-Que no, que no… -me resistía yo- que es muy bonita, pero que no me cabe en la maleta, que es muy pequeña. ¿Dónde voy luego tan cargada!
-La doblas un poquito, así mismo, y te la llevas para casa –me halaga la excelente vendedora. Me la he encontrado en la puerta de una genuina casa barroca. “Que sí, que no” durante cinco minutos de rebajas y más rebajas- No seas desagradecida, mujer, que ya te la estoy dando por 15 euros, por ser tú, que me has caído muy bien y ya no quiero que se la lleve otra. ¡Mira que te había dicho 60 euros!
En fin, que soy presa fácil y amable. ¡Pero si es ella la que me ha abordado! Jajaja Eso sí, hoy el sofá es más mío que ayer. Le queda tan bonita la colcha… Sea como sea la tengo que meter en la maleta. Ea!
Esta mañana (antes de mercadear) me he embarcado en La Perla, que tiene nombre pirata. He desayunado en un patio de luz y este es el resultado.
Figuras ociosas
El suelo del patio es un tablero de ajedrez. En la mesilla redonda, un bollo y un café con leche. En una esquina, las amigas de la Charo, que no aparece. Son dos torres bajitas y redonditas, como dos barriletes. En la de al lado, un grupo de catalanas jubiladas; seis peones de vacaciones. En frente, una elegante pareja de alfiles de marfil se rinden ante una revista. En esta esquina del patio estoy yo, con mi cola de caballo. Sé que sin rey no hay juego, pero las figuras estamos la mar de ociosas.
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6 Marzo 2009
Hay cuentos que se quedan inacabados durante largos días. A veces semanas… ¡o años! Sumando días, sumando días… que es como las resistencias ganan.
Sumando días
La tienda de Emilio está cerrada cuando llega. Pasan siete minutos de la media. Suficiente para que el frutero, que es un hombre de orden, tenga echada la persiana. Pretende cumplir la dieta, pero tendrá que volver a pasar sin las beneficiosas manzanas.
Se queda en la puerta, con las manos sujetas al bolso. No tiene nada mejor que hacer, pero es evidente que los planes del tendero están lejos de regresar al trabajo ese día. En la acera de enfrente, una buena mujer cargada de bolsas, pero dignamente equilibrada, apresura a sus dos hijos para llegar a casa. Ella no. A ella nadie la espera.
El brinco del teléfono móvil le arranca un respingo. Una nueva invitación al cine, ¡la quinta ya! A la misma hora y en el lugar de costumbre… Ahora, las manzanas depurativas se le antojan aun más urgentes. Una copa seguro que la envalentonaba; tiene otra vez ese cosquilleo en las palmas… Y ya suma 87.
En la puerta de la sala Odisea huele a palomitas. Los días de verano, la humedad y el calor invitan a refrigerarse dentro. La elección es lo de menos. La distribuidora nunca se la juega. Lo insólito es sumar la penitencia de entrar con un cucurucho caliente en las manos. Pero vale la pena pagarla, porque a él le encantan.
Siempre la cita el día del espectador. Supone que lo utiliza como coartada. Lo reconoce por la gorra, que solamente se quita cuando la ve llegar a su lado. Todavía no le regala besos, pero se pasa la película anclado en su brazo, aspirando su ropa, memorizando aquel nuevo aroma, que hoy tampoco resulta agrio.
Al final se despide deprisa, sin comentar si le ha gustado. En la falda de ella desliza un sobre. El quinto ya; otro CD pirata, otro dibujo suyo y otra carta breve que ella beberá sedienta, hasta la siguiente.
Vienen a recogerlo a la puerta. Ella sabe que no quiere que descubran que han estado juntos. Los demás todavía no la ven con sus mismos ojos.
Cree que es una buena madre, aunque no compre a tiempo las manzanas, aunque la botella todavía la tiente –ahora mucho menos que sus cartas- aunque se resista a regresar a casa, aunque su hijo tenga que buscarla a escondidas para confirmarle que vale la pena seguir sumando los días.
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24 Febrero 2009
Cierro los ojos y encuentro una piedra redonda. Primero me parece la piedra de Sísifo, porque Ismael Serrano suena de fondo y me despista... Pero no. Se parece más a la piedra de la honda de León Felipe –piedra redonda, como tú… ya sabéis. En la oscuridad, sobre todo si se aprietan muy fuerte los ojos, se ven muchas más piedras centellear. Son como los farolillos de una feria. ¡O como las antiguas chispas de las bengalas! Y de repente… pchsss!!! Lucecitas de cuento. Ahí va una.
Menos es más
La mesa no le gusta. Es lo único que le sobra. Las cortinas necesitan un par de lavaditas, pero al menos no dan albergue a la fauna autóctona, como las del último hotel. La cama es amplia y el colchón aguantaría una batalla si ella estuviera...
Pero la mesa…
El televisor es pequeño y tiene mando a distancia. No puede pedir más. El hastío, el conformismo o quizás la fortuna de una buena película al alcance de su mano. Incluso hay papel y bolígrafo en el escritorio; una sola hoja y el membrete del hotel ocupa la mitad. Lo perdona.
Sin embargo, esa mesa…
¡Es tan triste! En esa línea minimalista que obedece a la famosa ley de la felicidad de que “menos es más”. Sencilla, ligera, casi transparente… No sería capaz de soportar ni una intención.
Está solo y la echa de menos. ¿O la echa de más…? Demasiado, se le enreda en la lengua. Como un juego de palabras. Pero desde luego no uno de sus atrevidos juegos de mesa, aunque ella estuviera. ¡Sería imposible!
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21 Febrero 2009
Tres meses. Lo sé. Una larga ausencia. Al menos a mí se me han hecho eternos. La culpa es de este invierno inhóspito y gélido… Ya está. Le echamos la culpa a la meteorología y todo resuelto. Supongo que de ahí que esté escribiendo un cuento sobre una manada de lobos hambrientos... Aunque también podría hacer responsable a la mujer salvaje de Clarissa Pinkola; esa fiera que llevamos dentro y que probablemente también tiene mucho que ver con las lobas.
Curiosa connotación la que acompaña al animal hembra… A los lobos machos se les presume astucia, osadía, ¡sabiduría! (¡va por ti, amigo Pepe!) o directamente maldad, si pensamos en los cuentos clásicos. A las lobas, “¡menudas ellas!” se las ataca más bien por maliciosas o libidinosas. Nada más lejos del instinto de la madre loba.
Dice Pinkola (os recomiendo de nuevo Mujeres que corren con los lobos): “si deseas recuperar a la Mujer Salvaje, no permitas que te capturen”. Cuando caemos y nos levantamos es bueno confirmar que hemos aprendido a cazar y a cuidar de nosotras mismas. Pero sobre todo comprender que “nuestra tarea consiste en seguir realizando la tarea”.
Bueno, pues ahí seguimos, ¡corriendo con los lobos y escalando montañas!
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